El Tatuaje Permanente de Dios

Cuando los famosos  empezaron con la moda de tatuarse el nombre de su pareja o sus hijos en sus cuerpos, me pareció algo extraño y  exagerado, quizás porque soy bastante conservadora.  Luego cuando leí que algunos tuvieron que recurrir a costosos tratamientos para quitarse el nombre tatuado porque ese “amor eterno” ya había sido reemplazado por otro, me di otra vez la razón.

¿Para qué una muestra de devoción pública tan espléndida hacia alguien, que luego no podrá ser sostenida?

Pero cuando Dios lanza esta declaración: He aquí, en las palmas de mis manos, te he grabado; tus muros están constantemente delante de mí.” (Isaías 49:16)  hay una “diferencia de la tierra al cielo.”

El sí sostiene su amor y compromiso: no se olvida de mí, me lleva consigo, ¡me tiene siempre presente!

El escoge tenerme cerca, y a la vista, estoy ahí cuando hace cualquier movimiento.

No solo me conoce porque me creó, sino que me hizo parte de El por medio de Jesucristo. Voy con El a dónde va. Puedo admirar Sus obras. Puedo ser parte de Su historia.

Cuando me  grabó en sus manos no lo hizo ignorando mis debilidades, al contrario, elige tenerlas presente, porque mis límites no le sorprenden ni me devalúan frente a sus ojos.

Sólo Dios es capaz de mantener ese amor tan asombroso. El de Dios sí es un tatuaje permanente, porque El ha prometido no olvidarse nunca de sus hijos. Con tatuaje o sin tatuaje me tendría presente, pero escogió regalarme esta frase para que quede registrado.

Amor asombroso. Regalo espléndido. Soy su tatuaje permanente.

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