¡Levante la mano quien disfruta incomodarse!

Yo no la levantaré. La comodidad es adictiva, no nos saciamos de ella y queremos más y más.

Nos acomodamos a la rutina, a las preferencias, a las personas y a las tareas; encajamos en algo tan bien, que sentimos que fuimos creados solo para eso.

Nadie se salva. Los pasivos se acomodan para no moverse, y los activos se acomodan en su frenética actividad. Los imprudentes se acomodan en la falta de tino y en la ligereza, y los pensadores en sus esquemas mentales o introversión. Los ignorantes en su ignorancia y los estudiosos en sus libros.  Los perfeccionistas en sus críticas y los dominantes en su manipulación. Y la lista es larga.

Todo suena bien, pero aunque no disfrutamos incomodarnos, necesitamos hacerlo. En nuestro interior hay potencial que aún no sale a la luz: ideas que nadie conoce, soluciones que alguien necesita, creatividad escondida, habilidades y dones no desarrollados.

Aunque no nos guste reconocerlo, “la incomodidad puede ser productiva.”

La incomodidad puede producir un nuevo yo. Un nuevo perfil, nuevos hábitos, nuevas relaciones, nueva vida. Puede abrir la puerta del potencial escondido, de la belleza inexplorada. Puede liberar sueños y romper los límites. Puede quebrar de una vez y para siempre esos límites autoimpuestos que nos esconden en nuestra zona de confort.

Por el contrario, la comodidad produce estancamiento, nos retiene en el nivel más bajo, aunque tengamos aparente éxito, y nos subyuga bajo el gobierno del esfuerzo mínimo.

Aunque peleamos a brazo partido por nuestra comodidad, no fuimos creados para eso. No nos escondamos en nuestra zona de confort. Nos perjudicamos y, tristemente,  le robamos a otros la opción de recibir más de nuestras vidas.

Reconozcamos el potencial de Dios en nosotros, y sólo así entenderemos que lo bueno de hoy es inferior a lo posible de mañana.

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